Antes de empezar las clases regulares en el instituto alemán Otto-Hahn-Gymnasium de Bergisch Gladbach, mi organización de intercambio me indicó que debía asistir durante unas semanas a una escuela de alemán en el centro de Colonia. La idea era mejorar mi nivel para poder participar en conversaciones y desenvolverme con mayor independencia.
Hasta entonces hablaba principalmente en inglés con mi familia anfitriona y con casi todo el mundo. Comprender el alemán todavía era difícil y mi vocabulario no bastaba para resolver situaciones cotidianas por mi cuenta.
Esta experiencia ocurrió durante mi año de intercambio en Alemania, entre 2008 y 2009. En ese tiempo viví con varias familias anfitrionas y aprendí alemán mientras intentaba integrarme en la vida local.
La condición para asistir a la escuela de alemán
La financiación del curso tenía tres partes:
- La organización de intercambio asumiría un tercio del costo.
- Yo debía pagar otro tercio.
- Si obtenía buenas calificaciones, la organización cubriría también el tercio restante.
Mi tarea era clara: aprender el idioma y superar las expectativas. El acuerdo me pareció justo.
El comienzo de las clases en Colonia
El 10 de agosto de 2008 asistí a mi primera clase en la Academy of Foreign Languages. Allí conocí a otros estudiantes de intercambio que también necesitaban aprender alemán.



El grupo era muy internacional: había una persona de Argentina, dos de Taiwán, cuatro de Estados Unidos, seis de México y dos de Brasil. Yo era el único estudiante de Ecuador.
Conocerlos me entusiasmó. Además de estudiar alemán, empezábamos a convivir con acentos, costumbres y formas de comunicarnos muy distintas.
Una fotografía y un comentario inesperado

Envié una foto del grupo a un amigo de Ecuador. Él respondió con una versión editada en la que señalaba, en tono de broma, con cuál chica debía intentar acercarme y con cuál debía evitar cualquier contacto. La respuesta me hizo reír mucho.
Encontrarme con culturas conocidas
Conocer a otros latinoamericanos fue reconfortante porque compartíamos el español, aunque cada país tenía expresiones y acentos propios. Me divertía escuchar las frases coloquiales mexicanas e intentar imitarlas.
Guasa y Zhalo tenían López como segundo apellido. Yo supuse que podían ser parientes lejanos y se lo comenté a Guasa. Ambos se rieron: me explicaron que López es tan común en México que compartirlo no implicaba una relación familiar. Un compañero argentino añadió que algo parecido ocurre con Pérez en su país.
Conocer culturas menos familiares
En Ecuador había tenido una compañera cuyos padres eran taiwaneses, pero los dos hablábamos español y llevábamos años viviendo en el mismo entorno. En Colonia, en cambio, la diferencia cultural con mis dos compañeras de Taiwán era más evidente. El inglés se convirtió en nuestra lengua común para comunicarnos mientras todos aprendíamos alemán.
Cambiar de escuela y avanzar de nivel
Mis compañeros estaban comenzando con las bases del alemán, pero yo ya había estudiado esos temas un año antes. Pedí que me trasladaran a un nivel intermedio y la escuela aceptó.
Permanecí una semana más en aquella academia y después pasé a otro grupo cerca de Rudolfplatz. Allí conocí a Camilo, de Argentina, quien sería mi amigo durante el resto del intercambio; también a Dragana, de Serbia, y a Gary, cuyo país ya no recuerdo.


Estuvimos en la academia aproximadamente hasta el 3 de septiembre. Aprendí bastante vocabulario y reglas gramaticales que me permitieron mantener conversaciones más largas. Terminé el curso con buenas calificaciones y la organización pagó dos tercios del costo, alrededor de 600 euros.
¿Listo para estudiar en un instituto alemán?
Después de la escuela de idiomas, en teoría debía estar preparado para integrarme en un instituto auténticamente alemán y estudiar completamente en alemán. ¿Verdad?
No exactamente. En realidad, aquello apenas era el comienzo de mi proceso de integración en la sociedad alemana.
















